Cicatrices
Rotundo: Cicatrices de Real de Catorce es, para mí, su disco definitivo. No por ellos, claro, que seguro han hecho cosas mejores y peores, usted juzgue. Por mí, por supuesto. Cicatrices es mi disco, porque es el que más he escuchado de todos los de Real de Catorce y el que más claro me habló en aquellos años en que la calle era el destino, era el camino, era nuestra profesión. ¿O no, mendas? ¿No, Eduardo? ¿No, Chibuya?
Cicatrices es el disco con el que nos jodimos la voz aullando penas, casi todas inventadas, casi todas por ello más reales. Comenzamos así, apenas, suertudos, a sentir los golpes que da la vida. Eran apenas unos rasguñitos, pero como un anticuario los guardo en el corazón. Y recitábamos las letras de José Cruz porque Amalia las anotó en un cuaderno café que luego me regaló y que aún conservo y que, además, estaba llena de historias y fotos cuando las fotos valían algo porque uno no sabía cómo había salido (chueco, chimuelo, chambón) sino hasta que se revelaban y a veces las monedas sólo alcanzaban para una opción de entre varias: una función de cine, un disco o un cassette de oferta en las cajas de las tiendas de discos del centro que ya no existen, un discreto bebercio mareador o el revelado fotográfico en el estudio de los japoneses. Dependía del humor.
Y nos jodimos la voz y los pies de tanto andar aquí y allá. Eran buenos tiempos de Karen y Aura y aquella sala repleta de discos de blues y rancheras —cómo se parecen, decíamos, y qué diferentes son— y el sofá que cantaba You Are So Beautiful para quitarle la cobardía a los amarillos que no se atrevían a besar. Y yo, sentado afuera, aguantando frío, pensando en cómo decir lo que quería decir para que sonase tal como lo quería decir, porque equivocarse iba a ser delicado, porque equivocarse era joderse cada vez más la voz, porque… Y nos metíamos de nuevo a esa sala, entrábamos por la ventana y dejábamos entrar al gato, veíamos álbumes de fotos de gente que no conocíamos, jugábamos a cualquier tontería, reíamos de verdad. De verdad.
Y nuestras enredaderas mentales de púas de alambre se convertían en palabras de dandi encadenado y nos sabíamos unos versos: cuelga un ángel del octavo piso, parece un pañuelo, nadie se atreve a moverlo, etcétera; espero hacerte honor, José. Recitábamos a las paredes, nomás, porque a quién más. Mi relación más cercana era con un gato, un perro —nunca fuimos grandes, nunca importantes— y soñaba con estar rodeado de mujeres livianas (un lunar como corazón guiando a la cadera), Krista Allens de pechos fatuos y cabello de cascada, pero en realidad lo único que quería era caminar con la chica de pelo negro y con la de la frente pálida y con la que olía siempre bien a pesar de sus vestidos jipis. De noche —ya lo dijiste, José— el blues se mete a la cama de las niñas buenas… Ci-ca-tri-ces.
Necesito cantar. Necesito callar. Necesito una anforita de blues. Y nos la echábamos, porque cómo no. Nosotros y nuestra pandilla de vivencias. Siempre quise escuchar en la radio esa canción que inventamos, ¿dónde?, ya no me acuerdo, sobrios, una noche, al aire libre, todavía no había distracciones electrónicas y había que buscarse las analógicas: un radio de pilas sobre el césped y ya, esperando escuchar una canción que describiese las horas mejor que nosotros, que nos enseñara que el amargo sabor de la cerveza iba a hacerse cada vez más dulce, al contrario que el amor. Cicatrices.
Eran los tiempos de los discos del Moody Blues y los Bluesbreakers y no olvides el ritmo, Karen, no dejes que te lleve el viento así que mueve esos pies y, Aura, calma, que ya sale Dante a darnos qué hacer, una razón por simple que sea, con tal de no cortarse las venas. Era tiempo en que ya no se podía disfrazar ese jodido tufo a patria orinada, de reconocer a los hijastros de un narco-país, de hervir de rabia y de ansiedad, de cerrar los puños e intentar, de la única jodida manera que teníamos, llamar la atención hacia la razón que teníamos (y cuánta teníamos). En esta vida el mundo es así: pagas derechos por comerte una flor. En este mundo la vida es así: becerros de oro podando el jardín. Un alto voltaje en las venas, los ojos rojos, despeinados pero luciendo como nunca. Descubrimos los jerséis de cuello alto, los botines cubanos, las boinas y los pork-pies; dejamos que Ella Fitzgerald hablara mientras un cigarrillo pasaba de mano en mano/de boca en boca y no hubo mejor escuela que esa. Poníamos “Blue Suede Shoes” en el viejo tocadiscos que heredé porque ese era uno de los viejos discos que heredé. Brincamos en el sofá que yo usaba de cama, pegamos pósters y rayamos paredes, lloramos por nosotros, hicimos cintas para regalar al primero que pasara.
Siempre he querido escuchar en la radio esa canción que inventamos borrachos a la salida de aquel bar en la rotonda cuando fundamos la Cofradía de los Chalados, sólo porque habíamos leído Las Flores del Mal apenas entendiéndolo —y, por eso, entendiéndolo por completo, siempre más y mejor que un académico— y porque comenzábamos a presumir a William Blake y a Papasquiaro. Celaya y Chibuya competían a ser Papasquiaro, no sé si queriendo o sin querer, porque les dio por la grafomanía y escribían cualquier cosa en servilletas y cajetillas y mesas y —ya paren porque me fastidian— en las espaldas de las chicas y sobre gradas y butacas y pantalones. Hikuri, firmaban: carne/dios, viaja al túnel de su voz.
Bebimos y vivimos. De musas nos hartamos. Tocamos las costillas de nuestra muerte joven. Bebimos y vivimos. De amigos nos rodeamos. Algunos se perdieron. Algunos se encontraron. Respeto a todos ellos. Y a nuestros contrarios, también merecen honores.
Rotundo: Cicatrices de Real de Catorce es, para mí, su disco definitivo. No por ellos, claro, que seguro han hecho cosas mejores y peores, usted juzgue. Por mí, por supuesto.
C/S.
Este texto fue publicado originalmente en El Heraldo de León el 19 de septiembre de 2014.



Hikuri por el poema largo José Vicente Anaya, supongo que también, además de la canción de Real. Y, claro, el blues y las rancheras... y el huapango que...