El jasidismo #חשיבה# לִלְמוֹד
El judaísmo ha logrado, históricamente, resolverse a sí mismo en tiempos de crisis. Algunas veces, las más, las soluciones han sido geniales, y han asegurado no sólo una supervivencia física sino también cultural y espiritual.
El jasidismo es uno de estos fenómenos. Surgido en el segundo tercio del siglo XVIII como reacción a una serie de retos existenciales —tan disímbolos entre ellos como el pensamiento ilustrado europeo y el advenimiento de una serie de ‘falsos mesías’ que cimbraron a las comunidades judías de Europa del este—, fue un “desafío significativo a los marcos tradicionales y a la perspectiva religiosa del mundo judío” (Elior, 18) a partir de una resignificación y reconceptualización del hombre con Dios a partir de la emocionalidad y el fervor.
Es fácil caer en la tentación de simplificarlo, pero el jasidismo es un movimiento amplio y con distintas sombras de gris, unidas por la noción compartida de “un renacimiento espiritual, una mirada mística y un liderazgo carismático” (Elior, 16). Algunos denominadores comunes son una identificación con el legado espiritual de Baal Shem Tov, el liderazgo carismático de un tzadik, la comprensión de la realidad divina como la coincidencia o la unidad de los opuestos —el ser y la nada—, la devekut —o la devoción total a Dios al punto de renunciar al mundo material— y la congregación (Elior, 16-18).
Surgido, según distintas visiones históricas, de tiempos de crisis para la judería polaca, el movimiento respondió a realidades sociales, económicas, políticas y religiosas. Es una época marcada, en lo exterior, por la volatilidad de la política de Polonia y de la región y, en lo interno, por los levantamientos antijudíos de Chmielnicki, los pogromos, la Haskalá y los intentos de reforma. Por si fuese poco, habían cicatrices aún del trauma del fiasco mesiánico de Shabtai Tzvi. El liderazgo rabínico estaba debilitado y el pueblo, abatido, requería una respuesta. El jasidismo surgió como una respuesta efectiva a “la necesidad de contacto con lo divino por parte del individuo” (Elior, 19). Ben Zion Dinur propone que la ideología jasídica surge de la transferencia de gobierno y de influencia determinante en las comunidades hacia un liderazgo que contaba con una autoridad profética.
Aunque estas explicaciones pueden cuestionarse. Si la crisis de la modernidad no sólo afectaba a los judíos de esa zona, ¿por qué no surgieron respuestas similares en otros lugares? ¿Por qué, entonces, tras la superación de las crisis el jasidismo no sólo continuó sino que se expandió? Rajel Elior discute que el jasidismo se origina de un “despertar místico que alteró las concepciones de la relación entre el hombre y Dios. Fue producto de una erupción de piedad carismática que obtuvo legitimidad de una conciencia del contacto con ámbitos superiores” (Elior, 21). A partir de prácticas con influencia cabalística, se abogaba por un desprendimiento del mundo para alcanzar una libertad para formular nuevas concepciones de la vida. Como los antiguos místicos, buscaban una conexión esencial con la divinidad que parecía perderse en las interminables discusiones teóricas intelectuales.
Los cabalistas apuntaban a transformar el yo en la Nada divina: la intensa experiencia de búsqueda espiritual es transformadora en sí misma. La innovación del jasidismo recae en que esta posibilidad no es solamente individual, como las de los profetas o los místicos, sino colectiva: las sociedades jasídicas podían afianzar sus conceptos y la devoción podía —y debía— compartirse para, así, lograr la cercanía con la divinidad. De ahí que el líder, el tzadik, y el maestro, el rebbe, sean figuras esenciales: son el centro de gravedad de una comunidad con una búsqueda particular de redención. Si Dios está en todo, entonces la acción sobre el mundo es fundamental. El jasidismo se consolidó porque “pasó de estar exclusivamente preocupado por el renacimiento religioso de las personas a ser un modelo de organización social y religiosa de bases místicas” (Elior, 25). Así, se hizo necesario el “establecimiento de sus propios marcos sociales, compatibles con su espiritualidad y sus prácticas esotéricas” (Elior, 119).
La reconceptualización de la relación entre Dios, el hombre y el culto alrededor de la oposición dialéctica del ser (yesh) y la nada (ayin). Tensión y flujo, misterio divino, realidad tangible contra presencia divina. El tzadik tiene el poder de la devekut, la cercanía a Dios, actúa como un emisario del mundo terrenal al superior, del ser a la nada, por lo que “la realización personal de objetivos místicos es significativa solamente en su contexto social” (Elior, 168).
El liderazgo de un tzadik es la gran innovación del jasidismo. En tanto un pensamiento revolucionario de la relación entre Dios y el hombre, produjo una forma de ver el mundo totalmente novedosa. Pidió que el individuo reconociera que la realidad estaba más allá de la percepción sensorial, y que descifrara y percibiera el infinito divino, la no-cosa, que está implícita en el ser. Se apoyó en principios que desdibujan las fronteras entre lo oculto y lo revelado: el mundo físico está imbuido de chispas de divinidad que hacen que la presencia divina esté, no obstante, presente, aunque esté oculta más allá de los límites de la percepción humana. Dichas ideas, que expresan la originalidad del jasidismo y su intención de liberar a los humanos de las cadenas del mundo material, “son representadas en la persona del tzadik y en su función en la vida de la comunidad jasídica” (Elior, 170). Este tipo de líder es la muestra de que puede alcanzarse “un nivel espiritual que [permite] la percepción de una realidad diferente: la comprensión del ser como nada, y de la nada como ser” (Elior, 171).
C/S.



